viernes, 4 de marzo de 2011

Nak 3.0

                                       Los ojos de los ñandúes polacos les siguen, son repeticiones rítmicas del mismo semblante, les rodea un torbellino de edificios proyectados para suicidas.

                                       Huyeron de la suciedad de los callejones: purgatorio maligno y soterrado, para encaramarse a las brillantes farolas de vanadio. Caerán al suelo y reirán con ganas mientras, a lo lejos, se oye el silbato de los tratantes de sueños.

                                       Nak los ve pasar danzando ante las cristaleras de los cafés. El sol, moribundo, da su último y desesperado suspiro en brazos de nubes verdes; en sus caras se reflejan el vacío de la existencia y la monotonía de los días sin fin.

                                         Nada podía hacer que los relojes señalasen hacia poniente al ritmo marcado por la brisa. La multitud no cesa de gritar los nombres del amor.

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