jueves, 10 de marzo de 2011

Nak 6.0

                                   Intentaba desentrañar el misterio de las olas amarillas que dibujaban signos crípticos sobre la arena de vanadio. Ellos, mientras el sol jugaba a escupir contra el Océano, luchaban contra la desidia vaciando botellas de ajenjo y zumo de estrellas.

                                     Nada sucedía en las calles vacías, todos habían ido hacia el puente donde una multitud de silenciosos penitentes azotaban las cadavéricas espaldas de las prostitutas extranjeras. Los gritos de los espectadores iluminaban la noche.

                                    Un tranvía azul atropellaba cíclicamente un cochecito de bebe mal aparcado. Los transeúntes – envueltos en elegantes gabardinas de plexiglás – aplaudían al conductor ebrio.

                                    La televisión mostraba alegremente las decapitaciones chapuceras de unos ñandúes polacos acusados de cantar la canción turca “A Rianxeira”,

                                   El amanecer se aferraba a la línea del horizonte temeroso del tétrico Océano.

                                    La vieja ciudad se había llenado de sonrisas estúpidas y luces sonrojantes. Algunos niños se negaban a volar sus cometas sangrientas. Las farolas comienzan a acoger a los policías disfrazados de mendigos.

                                      Pensaba que las neveras y cocinas se convierten en algo más que objetos, en odios dispuestos a saldar pasados, en armas resentidas de un paisaje desolado y mustio, en el colofón ajado de las derrotas.

                                      El tiempo acaricia a unos, esculpe a los más y destruye a los especiales.

                  Esperar días nuevos para descubrir tu mirada brillante. Desencuentros donde todos son muy civilizados y hablamos sin escuchar al viento.

                        Atrincherados en la cama espero que el tiempo amaine y traiga días sin tensión; pero los gritos de las gaviotas continúan mientras el viento aúlla como un loco.

                        Por fin lograre apagar las luces de la ciudad ficticia y exploraremos juntos los rincones prohibidos donde nadie pueda alcanzarnos,

                       Lejos, alguien continuara luchando contra si mismo y perderá, como siempre, por no querer confiar en la fuerza de sus convicciones. Una nevera sonreirá con astucia mientras abren su puerta.

                      ... y la soledad será su única victoria intrascendente.

                     Nosotros, bajo la lluvia, todavía sonreímos

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