martes, 29 de marzo de 2011

Westplaw...y dos

Nostálgicos vuelos de paloma de pico enorme. Atrevidas danzas de elefantes que devoran hombres de pelo canoso y pies grandes. No queríamos ver estos horribles espectáculos de vulgaridades decadentes, preferíamos contar las gotas de sangre que rodeaban los labios sugerentes de las jóvenes escondidas en la penumbra del bar.

Nadie hacia caso a la bilis que asomaba entre las vetas de mármol de los veladores. El Océano intenta dormir, pero los balandros tristes cabecean a destiempo. Nubes de tormenta cabalgan sobre las cabezas hidropesicas de las gaviotas que comen sexos de hermafroditas y sesos de niños. Me limpie las gafas antes de tomar otra copa de vainilla helada. Raros signos indican que los ñandúes polacos deben bailar un fox-trot al compás de la orquestina. Los parroquianos agitaban los vasos de licor mientras afuera caía una lluvia inexistente. El humo de los cigarrillos era acre.

Un inoportuno cambio de la brisa y pompas de música cayeron sobre mi copa de vainilla helada. El aire olía a tormenta. Las nubes acunaban sueños. Paseábamos con las manos en los bolsillos, conjurando la brisa. Una paloma era asesinada dentro de los ojos de una mujer. Otros liberaban mariposas. Contábamos soles desorientados reflejados en las jarras de cerveza.

Había también soledad, personas asomadas a los balcones esperando las gotas de lluvia de sueños azules y una voz exclamando: “¡Qué devaneo!”

Una agradable caminata a la orilla del Océano que no quiere devorar soles. Pasaron bandadas de golondrinas anunciando tormentas de besos y ciclones con sabor a cereza. Tire piedrecillas al estanque y comprobé que los vendedores de ilusiones estaban en huelga. La noche rompía sollozos de grillo lejano.

Una muchacha se despereza ante la ventana. La luz de un flexo esculpe su cuerpo. Golpearon el suelo con sus bastones y ella les saludo con ademán aburrido. Yo les veía desde mi habitación comiendo nueces con mermelada que ella me había regalado.

En el fondo de los naufragios se acaba el Océano. Se apagan los faros cuando la joven bebe caricias lejanas.

El viento eludía estrellas. Todavía se podían escuchar algunos rayos de sol atrapados en el asfalto. Cadáveres de cometas jalonaban el parque desierto.

No hay tiempo en los relojes.

Encendí una estrella y ella voló, para mí, palomas de fuego azul. La noche caminaba de  puntillas sobre las dormidas golondrinas que soñaban con ojos de hiel.

Amanecí agotado entre sus brazos; al menos el sueño terminaba así...

El Océano sudaba lágrimas de color verde y sabor a naufragios venideros. Los días segaban las vidas anodinas de los atardeceres mustios. Los cadáveres guardaban, con disciplina, su turno frente al muelle; uno a uno caían al mar con suavidad, arrancando un sonido tenue. Nosotros esperábamos a que se acabase la cerveza, a que se terminasen los atardeceres con cometas dubitativas; tal vez, con suerte, podríamos acabar flotando alegremente, panza arriba, en el Océano y ser, algún día, una lagrima verde o, simplemente, un naufrago en tus ojos.

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