Los pasos resonaban sobre los adoquines que cubrían las calles del barrio antiguo. Sus pies le habían llevado hasta un escaparate, no demasiado grande, que ofrecía un tentador espectáculo.
Colocadas con buen gusto, y dando a entender un gran mimo en ello, se mostraba una colección de objetos, a cada cual más hermoso, que le hizo quedarse frente al cristal disfrutando del mero placer de la contemplación. Durante esos instantes su cabeza dejó de ocuparse de los problemas cotidianos, de sus proyectos y de sus miedos. Estuvo observando aquello un buen rato hasta que se dio cuenta de que se le echaba el tiempo encima y que podría no llegar a su cita.
Los siguientes días no dejó de pensar en aquel escaparate y, cómo si un hilo tirase desde aquel lugar, sus zapatos volvieron a llevarla hasta allí para perderse en aquel océano de objetos, de artesanía pequeña y selecta, en los que se notaba la mano hábil y experta de un original creador. En esta ocasión se percató de que el comercio tenía una planta superior, abierta a la tienda, en las que se ubicaban las mesas de los empleados. Entonces también comenzó a fijarse en ellos: el joven de largos cabellos y nariz grande, la señora con aspecto de gobernanta de hotel decrépito, la chica escuálida de rostro inteligente y el hombre corpulento entrado en carnes, el cual no dejaba de atusarse un inexistente bigote.
Así comenzó su relación con aquel lugar: le cautivaba; pero jamás se atrevió a traspasar el umbral debido a una extraña mezcla de timidez y vergüenza. En ocasiones las miradas de ella y los trabajadores se cruzaban con extraña complicidad. Todos sus paseos tenían que pasar por aquel escaparate, en ocasiones daba enormes rodeos para poder llegar hasta allí, aunque su ruta no pasase, ni por asomo, cerca de aquel negocio. Empaparse con la contemplación de aquellos objetos le producía un placer ligero, sedante.
El tiempo pasaba. Los años de adolescente apocada se quedaron atrás. Le absorbía su mundo de trabajo, reuniones y esclavitudes de adulto, pero siempre encontraba un minuto para acercarse a su lugar mágico. Llegó a inventar historias sobre aquellas personas que, a veces, creía sorprender estudiando las expresiones de su cara al quedarse fascinada con aquellas pequeñas joyas.
Siguió haciéndose mayor y, cuando ya casi no lo esperaba, llegó su embarazo. Continuó apareciendo por aquel comercio, asomándose a ese pequeño oasis donde su mente se relajaba y vagaba libre. Nació su hija y, al cabo de poco tiempo, se acercó a su tienda favorita, ya no sólo por el placer que le proporcionaba sino también, no sabía muy bien la razón, para compartir la alegría del nacimiento de su retoño con aquellos que habitaban el piso superior.
Un día, se vieron reflejadas frente al cristal del escaparate madre e hija y se dio cuenta de que había traspasado su tradición a una generación posterior. Sintió vértigo y vio pasar todos esos años como si los estuviesen proyectando sobre el cristal donde ellas parecían flotar sobre los tan observados objetos.
Llegó un día en que todo su mundo se puso patas arriba. Habían tomado una decisión drástica y se veían abocados a abandonar su ciudad, sus amigos; su cotidianidad. Enseguida supo que tenía que despedirse de su fetiche y se dirigió hacia el comercio con un pequeño peso en el pecho; al irse acercando supo que quería llevarse con ella un pedazo de su ciudad y sabía que lo que realmente representaba ese vínculo eran los objetos que, desde hacía tanto tiempo, los sentía tan suyos, tan cercanos, aunque nunca los hubiese rozado con un dedo.
Al llegar a la puerta inspiró fuertemente y, ahuyentando miedos y vergüenzas, cruzó el umbral. Entonces su mirada se cruzó con la de aquella que fuera una chica escuálida de rostro inteligente. Se levantó de su silla y, acercándose a ella, le preguntó si deseaba algo. Tenía muy claro lo que quería, hacía tanto tiempo que contemplaba aquel escaparate que podía describirlo con los ojos cerrados. Le señaló unas piezas y, mientras se las preparaba en el mostrador, la que había sido una chica escuálida, dijo, con una voz muy dulce, que Alberto, (al hacerlo dirigió la mirada hacia el lugar donde se sentaba el hombre corpulento) y ella siempre habían confiado en que algún día se atrevería a cruzar la puerta, mientras que Rocío y Carlos afirmaban que nunca se atrevería a acercarse al mostrador. Se sonrieron.
Ahora sus pasos resuenan en otra ciudad, más fría e inhóspita, pero, al llegar a su piso, sólo tiene que cerrar los ojos, acariciar su regalo y, así, transportarse de nuevo a su hogar.
