La luz del sol se diluye sobre la jarra de licor de mandarina. Ella está allí, leyendo poemas de un tal Verlaine. Rydeen se llena de olores nuevos, de silbidos desgarrados de golondrinas y de jóvenes de sonrisas amables y camisas blancas. El Ruysm se desliza con lentitud acariciando las gabarras cargadas de vainilla y miradas de odio ajeno.
Kafka tose levemente desde la mesa del fondo. Los músicos de la orquestina beben, entre pieza y pieza, potasio en grandes vasos ahumados.
En Rydeen ya se siente el verano. Algunas muchachas bajan la mirada temerosas. Intento descifrar las notas que he tomado sobre el dorso de la cuenta. Ella deja el libro sobre la mesa y espera con sus labios, húmedos y entreabiertos, que algún mortal lleve su aliento prendido de la solapa. El cielo tiene un color verde ataúd.
Pasa un tranvía lleno de oficinistas. Kafka saluda a Vian antes de continuar leyendo una carta en Falwai. La tarde arrastra las sombras de los edificios. Las aguas del Ruysm reflejan nubes extrañas y una ciudad de juguete. Ella desvía la mirada hacia mi buhardilla.
Permanezco sentado, sorbiendo el licor de mandarina mientras su vestido blanco juega con la brisa. Cae la tarde; a lo lejos escucho risas burlonas y los timbres de las pesadas bicicletas negras. Le sonrío y me besa bajo las primeras luces de las farolas.
Desde la ventana de nuestra habitación se ve la ciudad. Los cadáveres terminan sus juegos y regresan a las oficinas en sus monturas humeantes de ajonjolí. Los niños dejan que las palomas les saquen los ojos con un sonido suave, como de ola perezosa. Es momento de ocasos robados y océanos perdidos.
El anochecer llega como un asesino aficionado. Los tranvías resbalan hacia la muerte con chispazos violetas. Alguien, con sonrisa efervescente, tira piedras a los calendarios. Algunos edificios revolotean sobre la luz triste del horizonte. Espero, sujetando la barandilla, a que la luna errática parpadee mensajes. Dicen que hay un Océano lleno de estrellas lentas y náufragos flemáticos.
La abandoné con los labios destrozados a mordiscos. Escapé de sus ojos en mitad de una pesadilla. Besé sus caderas mientras ella recitaba sonetos indescifrables.
Hui en la noche buscando a Nak. Tropecé con él a la salida de un bar y supe que me iba a divertir. Aplastamos las cabezas de algunas cucarachas que gritaban nombres de diseñadores, ahogamos a las ladillas de un tal Verlaine, arañamos ojos de ñandú polaco y quemamos las cejas de un tratante de sueños que dormitaba sobre el cadáver de un gordo.
Regresamos ebrios de noche. Naranjas saladas y diablesas de pago. Quisimos perdernos otra vez en el vientre de las estrellas, pero el Océano se cerró sobre nosotros. Desayunamos licor de abedul con ginebra de iridio. Los murciélagos escribían con alas sangrientas el cielo desesperado.
—Todavía hay esperanzas —dijo Nak antes de vomitar rubíes sobre la tarta de moras abandonada sobre el cuerpo de ella. En sus ojos, las luces del amanecer brillaban con una última lascivia.