Nak sobrevive en una realidad paralela en la que se le eriza la piel cada vez que acaricia su mano, cada ocasión en la que siente el vértigo al asomarse a su voz y se queda del revés al ver la expresión de su cara al otro lado del andén.
Crecer quizá no sea una tortura si se comparten vino y complicidades.
Un sueño en el que sigan queriendo encontrarse en cada línea del papel, en cada línea de la mano, y así mantener la ficción de ser ellos en las pesadillas de otros.

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