Despréciale. Gástale hasta la extenuación. Obvia su mirada de cordero degollado. Muéstrate indiferente ante sus demandas.
Aráñale. Vomítale tus odios, restriégale tus inútiles triunfos. Absorbe sus ideas, róbale sus pensamientos sucios y sus pesadillas rijosas.
Devórale hasta la médula y, cuando ya no quede más que puedas aprovechar, besa sus labios con suave desprecio.
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