La angustia pugnaba en sus tripas contra los bichos negros. Las calles, vacías y silenciosas, mostraban los rastros de las vomitonas de las muchachas después de realizar gargantas profundas a los Ciudadanos sebosos y malolientes.
Nak se agarraba la barriga y aguantaba las arcadas. Expulsó el contenido de su vientre sobre un ñandú polaco. Amanecía en púrpura y ya no había más caminos que llevasen a casa.
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