Erebo
El infierno eran los otros, el averno estaba del otro lado, el erebo comenzaba a partir de la punta de su nariz; pero llegó el día en el que, al pasar la lengua lasciva por sus labios, el azufre le abrasó. Levantó la mirada, ya no estaba solo; empezó a respirar tranquilo, relajado, sintiendo el mal acariciando su mente.
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