Desde el tranvía amarillo Nak ve la marea de gente aboyando
en un mar de asfalto. El Ciudadano gordo, repantigado en el asiento contiguo
clava el codo en el hígado de Nak. Las luces desvaídas de la ciudad sucia,
maloliente. Los ñandúes polacos, asustados, se refugian de la lluvia en los
soportales oscuros.
Nak se pregunta hasta donde podrá resistir está exhibición
de carne con ojos, hasta donde le llevará este carrusel absurdo con olor a
sudor y pies. Las pantallas de MundiVisión retransmiten las decapitaciones
semestrales. Nak aprieta con fuerza un recuerdo en su abrigo raído, teme que salga
disparado en cuanto se abran las puertas del tranvía. Pasa un aerodeslizador
sobre las cabezas de los oficinistas estresados que agachan temiendo perder sus
cabezas.
Afuera ha dejado de llover. Nak camina hacia ninguna parte
con la esperanza de no llegar jamás.
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