El espejo le devuelve una imagen demasiado familiar: la de un hombre de aspecto cansado, casi derrotado por sus miedos y su cobardía. Siente ganas de gritarle:
—¡Vamos, reacciona! ¡Muévete!
Pero la figura permanece inmóvil al otro lado del cristal, apática.
Busca en su expresión algún resquicio que le haga pensar que, quizá, algún día consiga rebelarse; que sus puños lleguen siquiera a amagar con romper el cristal y lanzar su rabia contenida.
Escudriña los pliegues de aquel rostro y no encuentra el menor indicio de voluntad.
Y así, día tras día, se hunde en la espiral de la monotonía y la autocompasión, hasta que llegue el momento en que no le quede nada más que el reflejo de lo que una vez fue.
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