Mujeres desconocidas pasean por la calle engalanada con banderas negras. Días con la luminosidad perfecta de lo inútil, de fulgor extraño aboyando en el calendario triste. Viajamos más allá del Océano. Nubes de tormenta cabalgando en el cielo. Le gustaban los horribles espectáculos de vulgaridades decadentes: las palomas de enorme pico, las atrevidas danzas de elefantes devorando hombres de pelo canoso y pies grandes. También frecuentaban tugurios donde poder contar las gotas de sangre rodeando los labios de las jóvenes escondidas en la penumbra, donde se ignoraba la bilis que asomaba entre las vetas de mármol de los veladores.
En la terraza del bar el tiempo se detiene. Los ñandúes polacos bailan un fox-trot al compás de la orquestina. Los parroquianos agitaban los vasos de licor mientras afuera caía una lluvia inexistente. Un inoportuno cambio de la brisa y pompas de música cayeron sobre mi bebida. El aire olía a truenos y relámpagos. Las nubes acunaban sueños. Había soledad, personas asomadas a los balcones esperando la lluvia y una voz exclamando: "¡Qué devaneo!"
Una agradable caminata a la orilla del Océano que no quiere devorar soles. Pasaron bandadas de golondrinas, tiré piedrecillas al estanque y comprobé que los tratantes de sueños estaban en huelga. Una muchacha se despereza ante la ventana. La luz de un flexo esculpe su cuerpo. No hay tiempo en los relojes. Amanecí agotado entre sus brazos; al menos el sueño terminaba así. Los cadáveres guardaban, con disciplina, su turno frente al muelle; uno a uno caían al mar con suavidad, arrancando un sonido tenue. El repiqueteo asmático del teléfono ahogado en la pecera, donde encontraron calcinado al último recaudador de sueños, y las acrobacias de los aprendices de suicidas antes de que se desintegrasen contra los adoquines. El sol aplastaba sombras. Un trago de aire y polvo. El camarero se suicidaba los días pares y los clientes se apuñalaban entre sí todos los jueves de calma chicha y los días de lluvia de zumo de manzana. Queríamos que pasase algo y Eric Satie agitaba su pañuelo rojo. Corrimos hacia él intentando atrapar las pompas de música que salían de su pipa-piano. Sonrisas sin motivo en el fotomatón ofreciendo una fotografía descolorida con un grupo de sonrientes desconocidos. Esperábamos a que se acabase la cerveza, a que se terminasen los atardeceres; tal vez, con suerte, podríamos acabar flotando alegremente, panza arriba, en el Océano y ser, algún día, una lágrima verde o, simplemente, un náufrago en tus ojos.
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