Al final del túnel solo se atisba el cielo plomizo, repleto de mentiras dulces como los labios perdidos. Rompió la crisálida ilusionado y comprobó que se había convertido en una polilla gris.
Si no notase esta opresión en el pecho dudaría de estar vivo.
Los bichos negros se divierten conjurando espejismos y arañando sus tripas mientras él soslaya, una vez más, las respuestas que ya conoce. Vuela a ciegas, deslumbrado por las luces de las lámparas, abrasado por los vientos solares, y siempre esperando esa brisa de la noche que trae sueños amargos y pesadillas dulces.

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