La noche envuelve pesadillas con sabor a besos de baratillo. La brisa se lleva los pocos sueños agradables hacia un océano presentido.
Siempre las mismas ganas de ahogarse en la ginebra barata y las miradas que nada significan. El otro día Nak conoció a un optimista que acabó arrojándose al Ruysm desde el puente más alto. Este es el signo de los tiempos.
Las risas cuestan demasiado dinero como para malgastarlas en noches así; mejor esperar otro atardecer en alguna revista de colorines mientras el silencio riega las calles.
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