La piel se erizaba con el roce sabio y travieso. Sentía su respiración contra su cuello. Entrelazados en penumbra, envueltos en música, saliva, sudor; ya no estaban jadeantes ni con las mejillas arreboladas. Sus bocas aún sabían a sexo, palpitante y cálido.
Encuentro de miradas. Desperezarse entrelazados, distendidos y cómplices.
Abrazos y despedidas con guiños y promesas. Nak se quedó un momento embobado por sus largas piernas morenas, su piel cetrina y su cabello como el ala de un cuervo.
Ojeó su teléfono para comprobar si se había confirmado la cita pendiente desde hacía varios días. Sonrió, ciertas costumbres no cambian.
Esperó a que sonase el terminal se estremecía antes de escuchar su voz y sólo quería encontrarse en sus ojos sabiendo que nadie jamás le había mirado ni lo miraría de esa manera.
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