Molibdeno y Nak imitaban el andar elegante de los tratantes de sueños. A veces encontraban alguna sorpresa, como el pastel de barniz que guardaba Nak en su estómago para que no se lo devorasen los chicos rubios de nariz empolvada.
Bebían brebajes indecentes y los intestinos pugnaban por salir por su boca reseca. Huían de las miradas, de las caricias, de los aguaceros de miel y de la presencia de un cadáver sonriente en todos los armarios de la ciudad.

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