Alamedas con árboles raquíticos. Noviembre. Llueve, siempre llueve; no deja de caer agua desde el cielo. Levantar los ojos al cielo buscando una grieta por donde se cuele un rayo de sol bobo. Una bóveda gris que se funde con un Océano oscuro como el vientre de la noche.
Mañanas de humedad, de silencio, de gotas contra los cristales, de verborrea, de café recalentado,de hastío. Mañanas de querer esconderse entre la niebla. Correr por la playa vacía sintiendo el viento helado en la cara. Compartir un cigarrillo. Meter las manos en los bolsillos, agachar la cabeza para camuflarse entre la masa. Autobuses desvencijados y olor a cerrado.
Siempre la espera. La espera a que termine el día, a que se acabe el temporal, a que llegue el último vinilo indie, a que este sábado por fin suceda algo. Tardes tristes de cerveza caliente y licor barato. Presagio del itinerario nocturno: el bar destartalado ,el pub oscuro y triste, la discoteca donde bailar hasta caer reventado bajo la bola que gira y gira.
Mientras afuera sigue lloviendo y ese disco aún no ha llegado.
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