Fueron noches largas. Verano. El aroma a galán de noche. La cerveza fresca. Las miradas. Fueron noches de música en garitos, charlas intrascendentes, de copas compartidas, de aguardar el amanecer. Apurando todos los minutos, aspirando todos los colores y bebiendo todos los olores.
Noches sin fin. A veces era un destello extraño, otras un reflejo en un espejo. Allí estaba, como si no quisiera molestar. Gafas de cristal grueso. Un parapeto. Allí estaba, con media sonrisa, con un vaso de cerveza en la mano. La música. Siempre la música. Arisco y tímido. A veces era un intercambio de miradas, otras eran largas conversaciones sentados en la acera. Sonidos recurrentes y miradas; madrugadas sin gallos.
Jugando al ratón y al gato. Buscando sin encontrar. Buscando sin saber que, en realidad, era tan fácil como escuchar esa canción. Alguna tarde extraña y descabalada. Más noches de cercanía y juegos de palabras. Ojos y jamás manos. Vulnerable y esquivo.
Llegó el momento. Acercarse hasta quemar. Terreno neutral. Un lugar desconocido. Solos, ni siquiera la música. Hablando. Grandes planes. La mirada mantenida. Unas manos que retiran las gafas. Esos ojos. Esa canción. Los ojos suyos para siempre.
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