Caminas sin rumbo. Te rodea la niebla. Intentas ir más deprisa. Un peso en tu interior. Las calles, sus baches; la mirada perdida al frente. Botas que chapotean en los charcos.
Lo notas en la boca, lo sientes en la respiración. Está ahí, agazapado en tu interior. Miras
por encima del hombro esperando ver, por fin, su rostro.
Deambulas por
calles sucias y desconocidas. El viento del norte hiela la cara. Tus pasos son
cada vez más rápidos: una marcha mecánica para dejarles atrás. Un deseo bajo el soportal; solo un espejismo.
Vagabundeas
hasta que la noche te envuelve. La ciudad no significa nada. Te disuelves en la
llovizna.

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