Nak regresó al antiguo piso que compartió con Pik Lichtte. Entre los trastos que había encontrado en la habitación que un día fue suya se hallaba una libreta gastada, en la que se habían garabateado unas líneas. Había también dibujos de ñandúes polacos, fotografías de personas desconocidas, postales con tranvías amarillos y entradas a conciertos.
Esas palabras, ahora apenas intuidas, no le decían nada. Deseaba creer que eran sus aspiraciones de tiempos pasados, pero, como siempre, le costaba descifrar su letra. La ginebra barata siempre había sido una mala excusa para escribir torcido.
Creía adivinar conceptos, directrices, metas y otras palabras que le resultaban ilegibles. Se preguntaba quién podía ser aquel ser que acumulaba esos deseos en trozos de papel, porque él ya no se reconocía en aquellos estúpidos e inútiles propósitos.
Miró por la ventana. La tarde se deshacía entre llovizna triste, las carreras alocadas de las jóvenes persiguiendo a agobiados oficinistas y el gesto mezquino de los Ciudadanos.

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