jueves, 31 de marzo de 2011
Filatelia
Entraba en los bares vacíos, eludiendo el griterío de los jóvenes, los golpes en las mesas de los jugadores de dominó y las discusiones sin sentido de los jugadores de cartas. Parecía esperar algo ,quizás deseaba esperarlo mientras acariciaba suavemente un sobre ajado con estampillas ya borrosas.
miércoles, 30 de marzo de 2011
El juego
Es la temporada de las tardes vacías de pájaros. Perderse en la línea del horizonte. Los seres que se arrastran por el jardín me guiñan los ojos, a la vez que siento la mirada muda del reloj asesino. Las manos llenas de sueños huidos. Las nubes acarician el cielo con lascivia. Extraños juegos bajo los tilos. Me divierto contándome mentiras.
Todos buscaron el arsénico en los bolsillos interiores de sus chaquetas de lino. La lentitud de lo cotidiano. Saboreo un pastel de hígado; sobre los árboles pasan bandadas cíclicas de extrañas aves anunciando la hora de las ejecuciones. Algunos invitados pasean con la cabeza descubierta. Las sombras sonríen; ofrecen estrellas fluorescentes. Lejos, en el paseo marítimo, pasa un tranvía amarillo; estúpidamente, el conductor silba canciones pasadas de moda.
Jugamos al escondite. Ya han servido el té. Nos esperan bajo los tilos. Han llegado con caras sonrientes y regalos; esperan que regresemos aguardándonos en el jardín. La hierba está húmeda. No importa que estén allí. El sol me da en los ojos. Veo mis libros esparcidos sobre el césped. El tiempo es insignificante.
Esperan bajo los tilos para tomar el té. Los árboles intentan hablarme, pero sus susurros bailan sobre la hierba y se pierden rumbo a la ciudad. Han llegado en grandes coches descapotables de colores vivos. Intento atrapar instantes perdidos ocultándome de sus miradas.
El rumor de sus voces graves y el entrechocar de las tazas de té me llegan amortiguados por la caricia sensual de las nubes reflejándose sobre la bahía. Debería inventar una explicación. La hierba acaricia mi cara. Nos esperan bajo los tilos. Han llegado de lejos para verme y no puedo hacerles esperar. ¿Serás capaz de atrapar sensaciones entre las agujas muertas de los relojes? Intento levantarme, tropiezo y vuelvo a besar la hierba. Mi risa llega hasta la cima de los montes. Algunas aves señalan el sureste y creo comprender.
Sé que nos esperan. Me arrastro por el suelo. Mi camisa está manchada y mis cabellos revueltos. Ahora puedo verles. Me llaman; esbozo un gesto ambiguo. Camino con lentitud exagerada porque tengo vergüenza de mi camisa sucia. El té espera. Estrechan mi mano. Oigo sus palabras como si hablasen desde el pasado. Un pastel cae de mis manos temblorosas. Todos sonríen y dan un trago a sus copas. Corre una brisa que hace gemir de frío a los árboles. Deseo jugar al escondite. Una fiesta bajo los tilos. Pasteles de corazón sangrante asesinados por sus voraces bocas. Me excuso.
Busco cosas inútiles que jamás he visto; encuentro mis libros bajo la tibia e irreal luz. Ellos esperan tomando el té bajo los tilos. Vuelvo la vista atrás. Me da igual que canten para mí. Voy caminando hacia la ciudad y me cruzo con automóviles que vuelven para recoger a los invitados.
martes, 29 de marzo de 2011
Westplaw 2.0
Westplaw
lunes, 28 de marzo de 2011
Nak 13.0
Deseaba ser otro mientras veía pasar su hermoso culo. Suspirando y resoplando. Je, sin tiempo para evitar el poste o meter el zapato en la enorme, caliente y pastosa mierda de perro. ¿Para qué ser otro, si siendo uno mismo eres igual de desgraciado?
Dejándose ir despacio, sintiendo el aire en la cara; saboreando imágenes, recordando sabores.
Se agarró la cartera, al fin y al cabo todo tiene un precio...incluso aquello que no existe.
Ahí está, solamente hay que acercar la mano y sentir su piel .Esos centímetros que son distancias inabarcables .A veces es una mirada que acaricia, otras un silencio cargado de palabras; las más, palabras que no dicen nada.
Girando en una espiral que lleva a la próxima cerveza, rodando en una tarde maravillosa y cálida compartiendo su gesto cómplice.
jueves, 24 de marzo de 2011
Miedo
Coleccionistas
Boca abajo dejándose llevar por los extraños pensamientos informes que se cuelan entre las rendijas que deja la brisa oscura.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Brisa nocturna
martes, 22 de marzo de 2011
Hopelaw
Abre los ojos ;está ahí, al alcance de sus manos, pero tan lejano como las constelaciones.
lunes, 21 de marzo de 2011
Freund
Tóxico
Recuerdo extraño
Nak 12.0
Daguerrotipo 2.0
sábado, 19 de marzo de 2011
Dueto
viernes, 18 de marzo de 2011
Invierno
Bontierlaw 2.0
Bontierlaw 1.0
Tal vez todo empezase aquella tarde cenicienta que auguraba tormentas de zumo de moras mientras esperaba en la parada del tranvía nº 28. Los alegres Ciudadanos aullaban sones extraños a la vez que golpeaban a los ñandúes polacos encargados de recoger los excrementos de los buitres; los acontecimientos transcurrían del modo más plácido, incluso los suicidas se permitían sonreír de medio lado.
La melancolía parecía querer anidar en mi pecho cansado de fumar. Nada salía bien desde que la soledad se había asentado en mi existencia. Rumiaba mi autocompasión con la mirada perdida en las nubes o en las cabriolas de los oficinistas esquivando a los Ciudadanos. Estaba solo y nada podía hacerme sentir mejor, ni siquiera las bandas de seminaristas cantando salmos prohibidos. No sé qué esperaba, tal vez una ráfaga de brisa fresca o una bella ciclista rubia; incluso se me negaban estas licencias.
Un sonoro trueno se arrastró por el firmamento concentrando los aplausos unánimes de los transeúntes. No esperaba nada, me dejaba sobrevivir con indolencia. Daba igual no tener empleo , que me hubiesen robado el coche o que no funcionasen los ascensores; me sentía como un personaje de novela barata.
El tranvía 28 llegó con su acostumbrado quejido, atropellando a unos chiquillos tísicos (pagados por el municipio para tal fin) y vomitando su carga de eficientes oficinistas y chaperos. Me acomodé como pude entre la muchedumbre temiendo un asalto de navajeros o el abordaje de una funcionaria en celo... no tuve esa suerte.
Ya había anochecido cuando llegué a mi destino y las luces de los aerodeslizadores rasgaban el cielo. No pegaba patadas a los botes vacíos porque me parecía demasiado cinematográfico y era estúpido destrozar mis botas nuevas.
La vi al doblar la esquina.
Surgía de la sombra : sus ojos falsamente limpios, su figura longilínea y aquel cabello acaracolado sobre la frente. Venía hacia mí con su andar rígido y su aire de suficiencia. Un escalofrío recorrió mi espalda; había imaginado cientos de veces esa escena y mis palabras como acerados dardos, pero me quedé mudo, paralizado, manteniendo una sonrisa que quería ser cómplice. Ella comenzó a hablar y a hablar (como hacía siempre que estaba muy nerviosa) y no sé lo que decía porque me perdía entre sus labios entreabiertos, en la contemplación de su cuerpo tan conocido y tan lejano. Intuí que había discutido con su nuevo amante... no me hice ningún tipo de ilusiones, pero supe que, veladamente, las circunstancias quizás fuesen propicias por última vez.
Me invitó a cenar en nuestro restaurante favorito. Ella siguió hablando y hablando a la vez que yo pensaba en la curva de sus caderas.
Afuera había estallado una tormenta de moras. Me dejé llevar a su casa como un falso corderillo. Follamos con parsimonia fingiendo grabarlo en la memoria. Un lento combate de sudor y saliva entre sábanas usadas.
Hablamos y hablamos; de nosotros, de cómo habían cambiado nuestras vidas (¡oh, qué bien mentimos!). Volvimos a besarnos con saña y le propuse vendarle los ojos con el pañuelo que traía anudado al cuello y que ahora colgaba del respaldo de la silla. No le importó; estábamos acostumbrados a los juegos y estas variaciones nos excitaban. Hicimos locuras viejas con sabores nuevos. Subí el volumen de la música para ahogar el ruido de la cámara fotográfica.
Despertamos abrazados y nos levantamos con prisa; ella tenía que trabajar en la factoría “Potiemkim”. Desayunamos en silencio, como solo dos amantes habituales lo harían.
El sol había salido y se avecinaba un raro día soleado de verano. Subimos a su vehículo, tomó un camino secundario y me dejó en mitad de la nada, obligándome a bajar con un frío beso en la mejilla. No estaba lejos de mi casa.
Bajo el calor del mediodía me sigo preguntando cómo he llegado hasta aquí, hasta la cima de la maldad. Aprieto en mi mano el carrete de fotos tomado ayer pensando en la mejor manera de enviárselo al Presidente de “Potiemkim”; aunque sonrío no soy feliz, tal vez no quiera serlo.





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