Es la temporada de las tardes vacías de pájaros. Perderse en la línea del horizonte. Los seres que se arrastran por el jardín me guiñan los ojos, a la vez que siento la mirada muda del reloj asesino. Las manos llenas de sueños huidos. Las nubes acarician el cielo con lascivia. Extraños juegos bajo los tilos. Me divierto contándome mentiras.
Todos buscaron el arsénico en los bolsillos interiores de sus chaquetas de lino. La lentitud de lo cotidiano. Saboreo un pastel de hígado; sobre los árboles pasan bandadas cíclicas de extrañas aves anunciando la hora de las ejecuciones. Algunos invitados pasean con la cabeza descubierta. Las sombras sonríen; ofrecen estrellas fluorescentes. Lejos, en el paseo marítimo, pasa un tranvía amarillo; estúpidamente, el conductor silba canciones pasadas de moda.
Jugamos al escondite. Ya han servido el té. Nos esperan bajo los tilos. Han llegado con caras sonrientes y regalos; esperan que regresemos aguardándonos en el jardín. La hierba está húmeda. No importa que estén allí. El sol me da en los ojos. Veo mis libros esparcidos sobre el césped. El tiempo es insignificante.
Esperan bajo los tilos para tomar el té. Los árboles intentan hablarme, pero sus susurros bailan sobre la hierba y se pierden rumbo a la ciudad. Han llegado en grandes coches descapotables de colores vivos. Intento atrapar instantes perdidos ocultándome de sus miradas.
El rumor de sus voces graves y el entrechocar de las tazas de té me llegan amortiguados por la caricia sensual de las nubes reflejándose sobre la bahía. Debería inventar una explicación. La hierba acaricia mi cara. Nos esperan bajo los tilos. Han llegado de lejos para verme y no puedo hacerles esperar. ¿Serás capaz de atrapar sensaciones entre las agujas muertas de los relojes? Intento levantarme, tropiezo y vuelvo a besar la hierba. Mi risa llega hasta la cima de los montes. Algunas aves señalan el sureste y creo comprender.
Sé que nos esperan. Me arrastro por el suelo. Mi camisa está manchada y mis cabellos revueltos. Ahora puedo verles. Me llaman; esbozo un gesto ambiguo. Camino con lentitud exagerada porque tengo vergüenza de mi camisa sucia. El té espera. Estrechan mi mano. Oigo sus palabras como si hablasen desde el pasado. Un pastel cae de mis manos temblorosas. Todos sonríen y dan un trago a sus copas. Corre una brisa que hace gemir de frío a los árboles. Deseo jugar al escondite. Una fiesta bajo los tilos. Pasteles de corazón sangrante asesinados por sus voraces bocas. Me excuso.
Busco cosas inútiles que jamás he visto; encuentro mis libros bajo la tibia e irreal luz. Ellos esperan tomando el té bajo los tilos. Vuelvo la vista atrás. Me da igual que canten para mí. Voy caminando hacia la ciudad y me cruzo con automóviles que vuelven para recoger a los invitados.

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